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El Gobierno alemán ve positivo leer críticamente ‘Mi lucha’ en la escuela

El Gobierno alemán considera que la nueva versión comentada del polémico Mein Kampf (Mi lucha) de Adolf Hitler debería estudiarse en los colegios del país para que el discurso del  dictador nazi no quede sin réplica.

La ministra de Cultura alemana, la cristianodemócrata Jahanna Wanka, realizó estas declaraciones en una entrevista que publica este jueves el diario Passauer Neue Presse a raíz de la inminente publicación de una edición profusamente comentada del libro del dictador a cargo de expertos del Instituto de Historia Reciente (IfZ) de Múnich.

“Los estudiantes también tendrán dudas y es bueno que éstas salgan en clase y se pueda hablar sobre el tema”, aseguró la ministra. Wanka valoró que a partir de 2016 haya un libro “con una valoración científica” a disposición de los ciudadanos “para que los mensajes de Hitler no queden sin réplica”.

“La edición crítica del IfZ tiene el fin de contribuir a la educación política y está escrito en consecuencia para que pueda ser entendido por el público general”, asegura la ministra.

A finales de este año, coincidiendo con los 70 años de la muerte de Hitler, caducan los derechos de autor del Mein Kampf, una obra de 700 páginas que entremezcla el relato autobiográfico y el panfleto político y en la que el líder nazi expone claramente su ideología nacionalista, racista y violenta.

A partir de enero, por lo tanto, este libro podrá ser editado libremente en Alemania, algo que hasta ahora no había pasado ya que el estado federado de Baviera, propietario de los derechos de autor, había impedido en la práctica su publicación.

Anticipándose a una posible publicación no comentada, el IfZ ha elaborado una edición crítica con miles de notas al pie que se acerca a las 2.000 páginas y que tendrá una tirada reducida.

La herencia envenenada del libro escrito por Hitler

A partir del 1 de enero de 2016, Mein Kampf formará parte del dominio público, al cumplirse 70 años de la muerte de su celebérrimo autor, como estipula la legislación vigente. A partir de entonces, cualquier editorial podrá hacerlo llegar de nuevo a las librerías. En Alemania, el land de Baviera, propietario hasta la fecha de los derechos intelectuales sobre el que fuera principal instrumento de propaganda del Tercer Reich, autorizó por primera vez una nueva edición científica del volumen, que sumará 2.000 páginas y se venderá a 59 euros a partir de principios de enero.

En Francia, en cambio, la eventual reedición del libro genera una agria polémica. La editorial Fayard acaba de anunciar una edición parecida a la alemana para 2018 que ha sembrado el pánico entre políticos e historiadores, divididos en dos bandos irreconciliables. Encabeza a los refractarios al proyecto el político antiliberal Jean-Luc Mélenchon, exjefe de filas del Frente de Izquierda, enfrentado a la paradoja de compartir editor con Mein Kampf. “¿Quién necesita leerlo? ¿Qué utilidad puede tener dar a conocer aún más los delirios criminales que contiene?”, ha expresado en una carta abierta a su editorial.

El mundo académico tampoco se pone de acuerdo sobre la conveniencia de reeditar el libro firmado en 1924 por Hitler. La historiadora Annette Wieviorka, gran experta en la Shoah, se ha opuesto al proyecto, que considera manchado por su mercantilismo. En cambio, aprueban la reedición especialistas como Robert Paxton o Denis Peschanski, quien colaboró en la edición de los diarios de Goebbels y fue responsable de una rompedora muestra sobre la Ocupación a inicios de año. “Para conocer la ideología nazi y su impacto social es inevitable conocer Mein Kampf”, señala.

Un grupo de jóvenes historiadores, liderados por André Loez, propone que sea publicado solo en Internet. “Es la única forma de asegurarnos de que el libro no será fetichizado, que nunca veremos colas en la Fnac o Mein Kampf en lo alto de la lista de ventas”, ha declarado a Le Monde.

Nikolai Belyaev, el último de los asaltantes del Reichstag

Los ojos de Nikolai Belyaev, que el viejo héroe de guerra ha cerrado en San Petersburgo con 93 años, habían visto uno de los combates más salvajes y simbólicos de la Segunda Guerra Mundial: el asalto y toma del Reichstag, el antiguo Parlamento alemán, durante la conquista de Berlín por las tropas soviéticas en 1945. Belyaev era el último superviviente de las curtidas tropas que protagonizaron el ataque al Reichstag, el punto más simbólico de la capital del III Reich y que defendieron encarnizadamente los últimos soldados nazis. El episodio culminó con el célebre izamiento de la bandera roja con la hoz y el martillo en el tejado del devastado edificio, una imagen tan icónica (y tan discutida) de la segunda contienda como la de los marines con la enseña de las barras y estrellas en el monte Suribachi de Iwo Jima.

Belyaev, entonces un joven miembro del Komsomol, las juventudes comunistas, era soldado de uno de los tres regimientos —el 756º, de la 150ª división de fusileros del temido 3º Ejército de Choque— que asaltaron el Reichstag. Era el 30 de abril y Stalin había dado la orden de tomarlo a toda costa, como “corazón de la bestia fascista”, antes de la simbólica fecha del 1 de mayo. La división había sido provista incluso de una bandera roja para izarla en el techo. Así que allí fueron los soldados soviéticos a las 6 de la mañana con todo el ímpetu posible.

Pero el Reichstag —que paradójicamente había estado en desuso durante la mayor parte de la época nazi— se demostró un hueso muy difícil de roer. Los alemanes habían dispuesto un sistema de trincheras alrededor del edificio y varias secciones de terreno habían quedado inundadas a causa de los tremendos bombardeos de la zona, creando un foso aprovechable para la defensa. La infantería fue diezmada en los primeros ataques por el fuego cruzado de ametralladoras desde el propio Reichstag y la Ópera Kroll. Los soviéticos lograron apoyar los siguientes asaltos con artillería y tanques, pero el avance volvió a frenarse por los precisos disparos de los cañones antiaéreos alemanes instalados en la torre del zoo, a dos kilómetros de distancia. Durante todo el día —por la tarde del cual Hitler se suicidó en el cercano Bunker de la Cancillería— el Reichstag y las posiciones alemanas fueron objeto de un demoledor bombardeo ruso mediante 90 piezas de artillería y baterías de cohetes Katyusha. El edificio quedó como un colador. Los alemanes vieron cómo su perímetro defensivo se estrechaba mientras tropas soviéticas capturaban los edificios colindantes.

Hacia las seis de la tarde, efectivos del 380º y del 756º regimiento —el de Belyaev— de la 150ª división Idritskaya (que debía su nombre a su victoria en Idritsa en 1944) consiguieron llegar hasta el Reichstag, forzar la puerta principal e irrumpir en el vestíbulo, donde fueron acribillados desde lo alto por los defensores, un millar de alemanes entre los que se contaban soldados de la marina, de las SS y de la Juventudes Hitlerianas. Siguió una fiera lucha cuerpo a cuerpo por todo el interior del edificio, convertido en un caos de escombros entre los que los nazis se habían atrincherado. Por la noche, los soviéticos llegaron al tejado y según parece cerca de las 23.00 colocaron su bandera en una de las estatuas (no se pudo fotografiar porque no había luz), pero eso no significó el fin de los combates. En realidad, los alemanes continuaron luchando y contraatacando hasta el día siguiente. Finalmente, 300 alemanes se rindieron. Otros 200 habían muerto y 500 yacían heridos en el sótano. El control total del edificio no se logró hasta el 2 de mayo y fue entonces cuando se izó oficialmente la bandera y el fotógrafo Yevgeny Khaldei tomó la famosa instantánea del soldado colocándola. El acto se ha atribuido a diferentes individuos: oficialmente fueron Meliton Kantaria, georgiano, y Mikhail Yegoroy, ruso, pero Khaldei sostenía que la bandera la izaron el ucraniano Alyosha Kovalyov y Abdulkakim Ismaliov, de Daguestán.

Tras finalizar lo que para los rusos fue la Guerra Patriótica, Nikolai Belyaev sirvió en la Marina, en la flota del Pacífico. Después trabajó durante 40 años en la fábrica Bandera Roja. Hasta su muerte recordó con orgullo su participación en la toma del Reichstag y lució en las ocasiones solemnes una impresionante colección de medallas que prácticamente le cubrían el uniforme. A sus 93 años todavía llevaba un estilo de vida “activo”, según su amiga Valentina Ilyna, y ultimaba sus memorias de guerra. que está previsto vean ahora la luz y sin duda serán muy interesantes.

LA HERMANASTRA DE ANA FRANK CUENTA SU EXPERIENCIA EN AUSCHWITZ

La hermanastra de Ana Frank, Eva Schloss rompe un silencio de sesenta años y publica ‘Después de Auschwitz’ para relatar toda su historia vivida en el famoso campo de concentración y exterminio nazi. Tras décadas sin contar lo sucedido, en 1986 la pidieron que dijese unas palabras sobre su hermanastra en una exposición de Londres, y desde entonces no ha parado de dar conferencias por todo el mundo.

Eva nació en Viena en 1919 en el seno de una familia feliz, pero cuando Hitler llegó al poder en Alemania, ella junto con sus padres y su hermano mayor se trasladaron primero a Bruselas y posteriormente a Ámsterdam. Aquí fue donde conoció a Ana, casualmente vecina cercana. Cuenta cómo era todo lo contrario a ella, una criatura sonriente y soñadora que vestía en modo impoluto y cautivaba al grupo de niñas contando todo tipo de historias.

Cuando los alemanes invadieron Holanda se les despojó, como al resto de judíos, de todos sus derechos y se les obligó a llevar una estrella amarilla de identificación. Aunque intentaron en un primer momento huir a Inglaterra, tuvieron que esconderse, Eva y su madre por un lado, y su padre junto con su hermano por otro. Schloss recuerda perfectamente el día que las capturaron para llevarlas al campo, era el día de su 15 cumpleaños, el 11 de mayo de 1944.

 

Ya en el campo de concentración, hacinados en barracones, en condiciones infrahumanas, y entre múltiples enfermedades, Eva contrajo el tifus, pero gracias a su madre y a una prima enfermera consiguió sobrevivir. No tuvo tanta suerte Ana Frank, que murió en marzo de 1945 de fiebre tifoidea, al igual que su hermana Margot.

Eva relata que el momento más traumático fue a los cuatro meses de llegar a Auschwitz, cuando el doctor Mengele eligió a su madre para ser gaseada, y sin duda el segundo, cuando ya de vuelta a Ámsterdam supo que su padre y su hermano habían muerto.

Entre las muchas historias macabras que describe, cuenta cómo tuvo la ”suerte” de ser trasladada a Canadá por un periodo, a un almacén dónde se acumulaban todas las pertenencias de los judíos. Estas posesiones terminaron volviendo a Alemania, y fueron repartidas entre familias de soldados, así hombres y mujeres alemanes usaban cuchillas, carritos de bebé, gafas o relojes de judíos sin ni siquiera saberlo.

Fue a su regreso a Ámsterdam en el invierno de 1944 cuando el ejército ruso liberó los campos, que su madre conoció a Otto, el padre de Ana Frank. Un buen día llegó con un paquete marrón atado con un cordel, era el diario de su hija. Entablaron una amistad hasta que finalmente se casaron y se fueron a vivir a Suiza. Eva por su parte, terminó trasladándose a Londres para dedicarse a la fotografía, donde conoció a un joven judío llamado Zvi Schloss con quien se casó y tuvo tres hijas.

EL HÉROE HISPANO QUE VENCIÓ AL NAZISMO

José López, héroe de una de las escaramuzas más famosas de la ofensiva de las Ardenas -el intento desesperado de los nazis de repeler el avance aliado-, murió el 16 de mayo de 2005 en su casa de San Antonio (Texas) a los 94 años de cáncer.
 
Estaba de guardia el 17 de diciembre de 1944 cerca de Krinkelt, en Bélgica, cuando oyó el ruido de los carros de combate y percibió entre la nieve las figuras de los soldados alemanes que vestidos con ropa blanca no podían esconder sus ametralladoras. Fue entonces cuando José López se encomendó a la Virgen de Guadalupe, rezó sus oraciones y comenzó a disparar su Browning sin importarle que tenía delante dos docenas de carros de combate y cientos de hombres.
 
Los alemanes, sorprendidos, intentaron ocultarse entre los árboles para repeler el ataque, que creían orquestado por toda una compañía. Primero cayeron 10 hombres muertos; luego, 25. El sargento mexicano siguió disparando hasta que se le agotó la munición. Más de 100 hombres yacían entonces sobre la nieve. Los alemanes huían en desbandada.
 
“Su valor y su osadía en una operación suicida evitaron un desastre”, dijo el presidente Truman al concederle la Medalla al Honor el 18 de junio de 1945.
 
López fue uno de los héroes de una de las escaramuzas más famosas de la ofensiva de las Ardenas, el intento desesperado de los nazis de repeler el avance aliado.
 
Su valentía sobrepasaba su diminuta figura y sus rasgos latinos.López sólo medía 1,64, era tostado de piel y su acento le hizo soportar las burlas de sus compañeros. Pero pronto comprendieron que tenían entre ellos a un valiente, un hombre duro que había recogido algodón en el valle del Río Grande y que había viajado por América saltando a los trenes donde le parecía.
 
Pese a su escasa estatura, un promotor de boxeo le reclutó tras verle pelear en Atlanta y le ofreció un contrato profesional con el nombre de Kid Mendoza. De 1927 a 1934 ganó 52 peleas en la categoría del peso mosca.
 
Luego llegaron seis años en la Marina Mercante. Paradójicamente, el barco en el que trabajaba zarpó de Pearl Harbor tres días antes del brutal ataque japonés.
 
De vuelta a California estuvo a punto de ser detenido porque las autoridades le confundieron con un japonés. Quien sabe si para demostrar su patriotismo, decidió alistarse a la edad de 31 años. Su compañía desembarcó en Normandía un día después del Día D y él fue herido levemente por los francotiradores alemanes.
 
López fue reconocido por Kennedy, Nixon, Reagan y Bush padre e hijo. Todos ellos le invitaron a los actos de su toma de posesión, según decía en su necrológica el diario Los Angeles Times.
 
FUENTE: http://www.elmundo.es/elmundo/2005/05/19/obituarios/1116475363.html

EL ULTIMO REDUCTO NAZI

En Yaphank, un pueblo ubicado a menos de 100 kilómetros de Nueva York, ya no desfilan personas con el uniforme pardo o negro característico de los nazis. Tampoco queda ya ni rastro de la esvástica realizada con setos que había en una de sus plazas más destacadas, ni de las calles dedicadas a Adolf Hitler, Hermann Goering o Joseph Goebbels. Sin embargo, hubo un tiempo en el que era sencillo ver todo aquello asomándose tan solo por la ventana pues, dentro de la región había una zona que tuvo fama de ser uno de los lugares en los que acudieron a vivir centenares de extremistas germano-americanos.

Concretamente, este pueblo (actualmente regentado por unas 6.000 personas) se expandió en los años 30 cuando empezó a albergar a los nazis estadounidenses que, deseosos de imbuirse de la ideología del Reich, acudían hasta el campamento «Siegfried» (un supuesto lugar de recreo en el que los organizadores impartían lo que, según ellos, era la verdadera enseñanza «aria» a los asistentes). Así, poco a poco, Yaphank se fue llenando de todos aquellos sujetos que, viendo que sus ideas eran aceptadas en la zona, preferían quedarse a vivir allí en lugar de regresar a sus antiguos hogares.

Sin embargo, y tal y como afirma la versión en línea de diarios como el «Daily Mail» u organizaciones como «NYC Dept of Records», la situación de Yaphank cambió radicalmente con el final de la Segunda Guerra Mundial. Y es que, el gobierno de Estados Unidos expropió los terrenos a sus dueños para «limpiar» así la zona de extremismos. Al fin y al cabo, Hitler había sido depuesto y no había cabida para que un reducto de población siguiera profesando las ideas que tanto había costado erradicar al otro lado del charco. Todo pareció resuelto, pero nada más lejos de la realidad ya que, a partir de los años 60, la «German American Settlement League» (GASL, de ideología nazi) se propuso recuperar los terrenos.

 

No logró hacerse con todos, pero si con una pequeña zona de unas 50 casas que, ahora, rigen con puño de hierro según una denuncia puesta esta misma semana por dos de sus habitantes. Y es que, tal y como han afirmado al «Daily Mail» Philip y Patricia Kneer (los demandantes), exigen que todo aquel que quiera vivir en la zona demuestre su ascendencia blanca y su origen alemán «de buen carácter y reputación».

En su caso, según afirman, varios miembros de la organización contactaron con sus familiares y les visitaron en sus viviendas. Todo ello, para demostrar su ascendecia. A su vez, les realizaron una buena parte de la entrevista que tuvieron que pasar para poder en el barrio en alemán. Por descontado, ambos tuvieron que ir en persona para que los líderes del grupo comprobaran que eran 100% blancos.

Aunque les llamó la atención, el precio de la casa les hizo quedarse. Sin embargo, en la actualidad quieren vender la vivienda y se están topando con una ingente cantidad de problemas provinientes de esta organización. En primer lugar, solo se les permite deshacerse de la casa si es otro miembro del grupo el que decide adquirirla. Algo que consideran imposible. ¿Cuál es la opinión del grupo que rige este barrio? Según han afirmado sus representantes al «Daily Mail», se han desvinculado totalmente de su pasado nazi, aunque se sienten orgullosos de que la mayoría de su población sea blanca. Por otro lado, afirman que solo celebran tres fiestas de estilo bávaro al año. No obstante, los Kneer no opinan lo mismo.

ULTIMAS NOTICIAS SOBRE EL TREN CON EL ORO NAZI

El personal militar de Polonia ha empezado las inspecciones en los alrededores de la zona donde se piensa que pueda hallarse el tren cargado de oro abandonado en túneles subterráneos durante la Segunda Guerra Mundial. Unidades militares especializadas en explosivos ha examinado el sitio y tomado las primeras fotografías, aunque de momento no hay evidencia de primeras excavaciones, según ha informado Reuters. Las autoridades polacas de la zona han informado durante una rueda de prensa que eventuales pruebas de la existencia del tren serán entregadas a los altos cargos de las fuerzas armadas.

La zona en la que el tren estaría supuestamente oculto desde 1945 se encuentra en la ruta ferroviaria entre Breslavia y Walbrzych, localidades que formaban parte del territorio alemán hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. En los últimos meses de la guerra, y ante el avance del Ejército Rojo, los alemanes se replegaron y transportaron a Alemania innumerables objetos de valor, muchos de ellos resultado del saqueo de la Europa ocupada.

El ministro de Defensa de Polonia, Tomasz Siemoniak, confirmó el pasado jueves que un equipo de reconocimiento militar inspeccionará el lugar donde podría esconderse el tren del oro nazi. Sin embargo, dentro del Ejecutivo permanecen las voces que cuestionan su existencia, entre ellas la ministra de Cultura, Malgorzata Omilanowska.

Piotr Koper y Andreas Richter, los dos cazatesoros que dicen haber descubierto el tren nazi del oro, han roto además su anonimado para lamentar la falta de apoyo de la Administración. Anteriormente habían exigido a las autoridades locales un 10% del tesoro supuestamente encontrado, y hoy aseguran que con sus potenciales ganancias piensan financiar un museo en Walbrzych donde se muestre el tren nazi y su historia

HALLAN BOMBA EN MUNICH DE LA 2 GUERRA MUNDIAL

Un popular museo en Munich fue evacuado tras hallarse una bomba de la época de la Segunda Guerra Mundial en un patio durante una obra de construcción.

 Gerrit Faust, el vocero del Deutches Museum (Museo Alemán), dijo a la agencia de noticias DPA que la bomba de 250 kilos (550 libras) fue encontrada cerca de la entrada del edificio.

 Expertos en desactivación de bombas lograron desenterrarla, con el detonador aún intacto, y planeaban realizar una detonación controlada en un lugar remoto.

 Aún 70 años después de que terminó la guerra, es común encontrar bombas durante construcciones en grandes ciudades de Alemania como Munich y Berlín.

 El Deutches Museum es uno de los más grandes museos de ciencia y tecnología del mundo.

LOS JAPONESES QUE NIEGAN LOS CRÍMENES SEXUALES DURANTE LA SGM

70 años después del final de la Segunda Guerra Mundial, las voces revisionistas en Japón son cada vez más fuertes y están empezando a normalizarse, sobre todo en la cuestión de las “mujeres de confort”, forzadas a ser esclavas sexuales para los soldados japoneses durante la guerra.

Una de las voces más elocuentes del revisionismo es Toshio Tamogami.

Tamogami es una persona educada, culta y, cuando lo conocí, exquisitamente amable.

El antiguo jefe de gabinete de la fuerza aérea japonesa cree en una versión de la historia que se contradice profundamente con la que tiene el resto del mundo.

Pero es una versión cada vez más popular entre los jóvenes japoneses, cansados de oír que tienen que seguir pidiendo perdón a China y Corea.

El año pasado, Tamogami se presentó a las elecciones a gobernador de Tokio. Acabó cuarto, con 600.000 votos. Y, sorprendentemente, logró casi un 25% de votos entre los jóvenes entre 20 y 30 años.

“Como una nación derrotada, solo enseñamos la historia que nos enseñaron los vencedores”, dice.

“Para volver a ser una nación independiente, necesitamos alejarnos de la historia que nos imponen. Debemos recuperar nuestra propia historia, de la que estamos orgullosos”.

En la historia “verdadera” del siglo XX de la que habla Tamogami, Japón no fue el agresor, sino el liberador.

Los soldados japoneses lucharon de forma valiente para expulsar a los odiados imperialistas blancos que subyugaron a los pueblos asiáticos durante 200 años.

Es una historia de orgullo, en la que Japón, solo en Asia, fue capaz de vencer a los opresores europeos.

Es también una versión de la historia que no deja espacio para los japoneses que cometieron atrocidades contra otros asiáticos.

 

Tamogami cree que Japón no invadió la península de Corea, sino que “invirtió en Corea y también en Taiwán y Manchuria”.

La BBC le preguntó sobre la invasión de China en 1937 y la masacre de civiles en la capital, Nanjing.

“Puedo decir que no hubo masacre de Nanjing”, dice, defendiendo que “no hubo testigos” que vieran a los soldados japoneses masacrando a civiles chinos.

Es cuando le pregunto sobre el tema de las “mujeres de confort coreanas” que son las más indignantes negaciones de Tamogami.

Dice que se trata de “otra invención”. “Si eso es cierto, ¿cuántos soldados tuvieron que ser movilizados para llevarse a esas mujeres a la fuerza? ¿Y esos hombres coreanos simplemente miraban cómo se llevaban a sus mujeres a la fuerza? ¿Eran todos los hombres coreanos unos cobardes?”

Aunque puede que no lo digan en voz alta y tan claramente como Tamogami, es una versión de la historia que creen muchos nacionalistas japoneses.

 

A principios de este año, una sesión conjunta del Congreso de Estados Unidos en Washington, el primer ministro Shinzo Abe expresó una gran pena por el sufrimiento causado por Japón durante la II Guerra Mundial.

Abe no niega que hubiese mujeres coreanas sirviendo como “mujeres de confort” cerca de los frentes bélicos en China y en el sureste de Asia.

Pero ha dicho insistentemente que no hay pruebas de que estas mujeres fuesen coaccionadas o que el ejército japonés participase en su reclutamiento y encierro.

Lo que parece decir entre líneas es que estas mujeres eran prostitutas.

Es un área muy turbia. Las chicas de familias pobres han sido vendidas para la prostitución en Japón, Corea y China durante siglos, y la práctica todavía se desarrollaba en las décadas de 1930 y 1940.

Pero esto no absuelve de responsabilidad al ejército japonés.

“Fuimos secuestradas”

En un valle tranquilo a una hora de Seúl hay una pequeña casa de cuidados llamada la Casa de Compartir.

Es donde algunas de las últimas “mujeres de confort” que han sobrevivido reciben cuidados en su vejez. Aquí solo quedan diez.

Lee Ok Seon es una mujer pequeña, de 88 años, con pelo blanco y grueso, y dentadura postiza. Se ríe cuando intento convencerla de que me hable en chino.

Lee pasó 65 años en China y solo volvió a Corea del Sur hace 15 años.

Lee nació en la ciudad portuaria de Busan, en la punta sur de la moderna Corea del Sur. Su familia era pobre y ella fue enviada a trabajar a la edad de 14 años.

“Tuve que empezar a trabajar como empleada doméstica para una familia. Un día que estaba en la calle, me secuestraron”, dice.

Lee dice que dos hombres la agarraron y la pusieron en un tren. “Cuando paramos, me di cuenta de que habíamos cruzado la frontera con China. Fui enviada a un lugar en el que había todavía varias ‘mujeres de confort'”.

 

“Me pregunto por qué nos llamaron así. No fuimos por voluntad propia, fuimos secuestradas. Me obligaron a tener sexo con muchos hombres cada día”.

Lee pasó tres años en un burdel cerca de un campo militar japonés en Manchuria. Le pregunté por qué no intentó escapar.

“¡Claro que intenté escapar, varias veces!”, exclama. “Me atraparon y me pegaron, una y otra vez”.

“La policía militar me preguntaba que por qué quería escapar y yo les decía que porque tenía frío y no tenía comida. Me pegaban otra vez y me decían que hablaba demasiado”.

Dice que perdió parte de su capacidad auditiva y algunos dientes debido a esas palizas.

Los revisionistas como Tamogami dicen que las mujeres como Lee Ok Seon han sido preparadas para embellecer sus historias; que son instrumentos del gobierno surcoreano en su intento de humillar a Japón y apretarlo para sacarle dinero.

Es evidente que el gobierno de Corea del Sur utiliza este tema para sus propios fines políticos.

Pero hay muchas más pruebas de que el ejército japonés organizó el sistema de mujeres de confort, también gracias a los hombres japoneses que sirvieron en el ejército imperial japonés en China.

“Es ridículo negarlo”

Masayoshi Matsumoto tiene 93 años y vive con su hija en los límites de Tokio. Tiene una cara agradable y los penetrantes ojos de un hombre mucho más joven.

Cuando tenía 20 años, sirvió como camillero en el noroeste de China.

 

“Había seis ‘mujeres de confort’ para nuestra unidad”, me dice.

“Una vez al mes, las analizaba por si habían adquirido enfermedades de transmisión sexual”, relata.

“Las mujeres coreanas eran sobre todo para los oficiales”, señala. “Así que los soldados normales atacaban los pueblos gritando: ‘¿Hay buenas chicas aquí?’. Esos soldados robaron, violaron o mataron a los que no les hacían caso”.

Las que eran capturadas eran llevadas a la unidad de Matsumoto para servir como “mujeres de confort”.

Tras la guerra, Matsumoto se convirtió en sacerdote para intentar reparar sus pecados. Durante décadas, no dijo nada de lo que había visto.

Pero luego, a medida que crecieron las voces de la negación, él se fue llenado de justificada indignación y decidió hablar.

“Es ridículo… Abe habla como si esto fuera algo que él presenció, pero no fue así. Yo sí lo presencié”, dice Matsumoto.

“Alguien me dijo que el que no mira atrás y percibe el pasado, repetirá sus errores”, agrega.

 

“Pero Abe cree que puede borrar cualquier cosa mala que Japón haya hecho en el pasado y pretender que nada ha sucedido. Por eso no puedo perdonarlo”.

Matsumoto se sienta en la silla y ríe.

“Un día, la derecha vendrá y me llevará por decir estas cosas”, dice, y hace el gesto del cuchillo sobre la garganta con un dedo.

Parece poco probable, pero Matsumoto y todos los supervivientes tienen ahora 80 o 90 años.

Pronto se habrán ido, mientras que las voces de la negación crecen y se hacen más audibles.

 

Fuente: www.bbc.com

EXPOSICIÓN ARQUITECTURA DURANTE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

París desvela a través de una exposición cómo la Segunda Guerra Mundial, uno de los periodos más destructivos de la Edad Contemporánea, supuso un avance en tecnología e innovación para la arquitectura, disciplina que jugó un papel fundamental en el desarrollo de la contienda.

La muestra en el Palacio de Chaillot, primera que aúna ambos conceptos desde esta óptica, descansa sobre la paradoja que convirtió la destrucción de todo un continente en el resorte que modernizó el arte de levantar edificios.

El conflicto (1939-1945) movilizó a todos los estamentos de la sociedad y, según el comisario, Jean-Louis Cohen, la arquitectura no solo no fue excluida, sino que “en contra de lo que muchos estudios todavía defienden en la actualidad, atravesó un periodo muy prolífico”.

Una etapa que estuvo marcada por “las innovaciones radicales” que llegaron a partir del uso de nuevos materiales y de modernas técnicas de construcción, influidas por la presión y urgencia de la guerra.

Además, el avance de la aeronáutica acercó los estragos del conflicto a los pueblos, lo que multiplicó el trabajo de los constructores, que ya no eran necesarios únicamente en las grandes ciudades, abunda Cohen.

Estos profesionales “participaron también en la elaboración de estrategias de ataque y defensa” al tiempo que construían fábricas que abastecían de productos a la población y al Ejército.

Mientras los arquitectos que trabajaban para las potencias del eje levantaban campos de concentración, los de los países aliados se encargaban de instruir a los militares en la destrucción de los pueblos y ciudades abandonadas ante el avance de las líneas enemigas.

El “lado sombrío” de su trabajo “es la esencia de la exposición”, relata el comisario, para quien “se construyó a partir de destruir” y se avanzó gracias a las, “a priori”, malas condiciones que se daban para el correcto desempeño de la profesión.

La guerra “puso a prueba” a los encargados de enmendar el caos, los constructores, que supieron sobreponerse y hacer de la adversidad “un camino que desembocó en lo que ahora conocemos como arquitectura moderna”.

La necesidad de alojamiento para los civiles devino en construcciones económicas, duraderas y que se servían de materiales reciclados, preceptos que rigen todavía los procesos de urbanización, argumenta el comisario.

Profesor de Historia de la Arquitectura en la Universidad de Nueva York y “niño de posguerra”, Cohen busca demostrar que uno de los capítulos más sombríos de la Historia reciente supuso, paradójicamente, el caldo de cultivo perfecto para la “evolución definitiva” de la arquitectura.

Con más de 300 obras originales cedidas por instituciones y museos europeos y estadounidenses, “Arquitectura de uniforme” desvela los diferentes escenarios arquitectónicos que dejó el conflicto en cada uno de los países.

Desde la construcción del Pentágono (1941-43) en Estados Unidos a los refugios y búnkers que proliferaron a lo largo de toda Europa.

La exposición, que podrá disfrutarse hasta el 8 de septiembre, arranca con el bombardeo en 1937 de la Guernica (norte de España) como reflejo de la destrucción de un pueblo, y termina con las últimas incursiones del Ejército aliado en territorio japonés.

El retrato y la biografía de algunos de los arquitectos más célebres que participaron en la guerra inaugura el recorrido.

En un extremo se sitúa el constructor del Reich Albert Speer, condenado en los juicios de Nuremberg en 1946, y en el otro el resistente polaco y también arquitecto Szymon Syrkus, que estuvo detenido en Auschwitz.

Entre estas dos figuras, la del hombre que cumplía con las políticas de exterminio y la de una de sus víctimas, se sitúan, según Cohen, “los cientos de arquitectos que se vieron arrastrados a la guerra” para cambiar la Historia de la arquitectura.